Quisiera tener la capacidad de detener el tiempo y hacer eternos los momentos en los que te siento tan cerca que tu presencia ahoga todo lo demás. Es el único espacio en el que todo el ruido se apaga y el latir de tu corazón es tan fuerte que calla las voces que a diario me susurran “recordándome” lo insignificante que soy. Me arrastran y me atan a la realidad que me niego a aceptar e intentan convencerme de que, a lo mejor, mi destino es morir en el olvido y la soledad. Me gritan que no estás y que te avergüenzas de mí, que todo lo malo que me pasa es el pago por mis errores y por darte la espalda en ocasiones. Me envuelven en un torbellino de malos recuerdos y ansiedad. Hay tanto pasado como futuro que nublan mi visión en mi búsqueda desesperada por encontrar la paz y no entiendo. No comprendo la razón por la cuál la oscuridad se ha hecho más grande que yo y me he dejado llevar. Es más fácil rendirme a ella que enfrentarla, no soy lo suficientemente fuerte para mirarla a los ojos y rechazarla. El silencio permanente y el fin son tentadores, parecieran brindar el descanso que tanto anhelo, pero sé que me engañan.
En medio de todo, aún sin fuerzas ni esperanza, en medio del mar que me ahoga, grito. Grito por ti, por tu amor, por tu paz. Grito hasta quedarme sin voz en un intento de que me escuches, de que sepas que de verdad te necesito, de que entiendas que es genuino mi deseo por ti, que la vida no tiene sentido si no estas e incluso estando lejos en el fondo eres a quien busco. No quiero nada si tenerlo todo significa no tenerte a ti. No quiero ser si no es contigo, no quiero estar sino a tu lado, en ti, y sólo en ti, mi voz encuentra su canción y mi corazón vuelve a latir con pasión. El fuego vuelve a arder y tu calor reemplaza el frío del dolor. Tu voz calma la tormenta y restaura mi ser, tu sangre, aunque rojo carmesí, limpia y sana. Tu espíritu me abraza, me consuela, y me recuerda que aún cuando la muerte crea haber ganado, tú me haces vivir. Y eso, es lo único que me hace seguir.