Se supone que las historias llevan un orden cronológico, pero esta será la excepción.
Hola,
soy yo de nuevo y les hablo desde el lugar más desesperante del mundo, el
vacío. Irónicamente mientras caigo el tiempo parece haberse detenido y me
encuentro preguntándome ¿Cómo se detiene una caída? Acaso debo estirar mis
manos hasta tocar las paredes de lo que sea en lo que este cayendo y aferrarme
a ellas sin importar si me haré daño? Son mis manos un miembro más que debe
verse injuriado por los bordes filosos de este espacio? La caída parece eterna
y por más que intento no encuentro de donde sostenerme. Su voz aún tiene eco en
mi mente, no estoy sola, me recuerda; “eres fuerte”, me reconforta. Pero está
esa otra voz que ciega mis ojos y me dice que he llegado a mi fin, esa voz
áspera y llena de odio que inunda mi ser de miedo y desánimo. Y con ustedes, la
batalla mental más conocida de la historia pero a la vez la más difícil de
ganar. Esto no es invento ni ficción, el sonido de las espadas es muy claro y
es necesario recordar que no es algo físico. Es mi espíritu luchando contra mi
cuerpo, mi alma y cualquier otro ente que mi enemigo más aborrecido pueda estar
usando. Guardo la esperanza de que aún en este momento Su voz, aquella voz que me enamoró, me de las fuerzas
para mirar una vez más al inicio de todo esto y ver Su luz, o al menos pueda
darme de nuevo la convicción de que al final de esto, está Su mano amortiguando
el golpe. Y mientras? Todo lo que soy se rinde en el acto más sincero de
adoración esperando ser escuchada, levantada, restaurada y llenada de paz, al
fin y al cabo, así es Su amor; incondicional y más grande de lo que alguno
pueda pensar. Así que sí, sigo viva y luego de haber escrito esto, decido
dejarme caer y en paz orar para que su abrazo me sostenga.