Cuando
vino la hora sexta, hubo tinieblas sobre toda la tierra hasta la hora novena. Y
a la hora novena Jesús clamó a gran voz, diciendo: Eloi, Eloi, ¿lama sabactani?
que traducido es: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado?
Lo
vi caminando por el camino de piedras; uno, dos, tres tropiezos. Lo vi caer y
raspar sus rodillas, lo vi sangrar y ser maltratado por la corona de espinos
que lo hizo Rey. Lo vi ser víctima de latigazos, lo vi llorar y con determinación
levantarse, cargar la cruz sobre sus hombros y seguir por el sendero que lo
guiaba a una muerte segura. Lo vi ser acostado y vi sus pies y manos clavadas.
Vi su sangre ennegrecerse por el pecado, vi sus llagas crecer por las
enfermedades. Cuando la cruz fue levantada el mundo se detuvo, los ángeles
callaron y me llene de impotencia; no podía tocarlo. Lagrimas cayeron de mis
ojos y grite con desesperación mientras veía a mi hijo sufrir, mientras esa
lanza era enterrada en sus costillas y mientras preguntaba donde me encontraba
yo y por qué lo había abandonado. Yo también morí con El. Sentí cada punzada de
dolor al igual que El y los ángeles me imploraban que hiciera algo pero, qué podía
hacer? Estaba escrito en mis planes y debía salvar a la humanidad, pues fue por
amor a ellos que decidí enviar a mi Hijo a morir por su redención, para restaurar
mi comunicación con ellos. Y así fue como lo vi suspirar su último aliento y
llevarse con él la oscuridad de este mundo, de ellos y de los que vendrían. Así
fue como lo vi convertirse en algo despreciable para luego de tres días
regocijarme al verlo glorificarse, levantarse y colocarse a mi diestra, para
ser el conducto entre los hombres y yo y para que todo el que crea en El sea
salvo.